Cuando los muertos gobiernan a los vivos


Que no se crea que el título provocador de esta publicación está asociada a una historia macabra que anunciaría la instauración de una república de muertos vivientes, lejos de ello, este título evoca la memorable afirmación de Auguste Comte, en reconocimiento a la tradición y la herencia que nos dice quienes somos.

En estos tiempos en los que todo debe moverse, todo debe fluir y donde lo "moderno" se muestra con luces de neón, como el "deber ser", no es admisible que siquiera evoquemos la memoria del pasado y la tradición que forja nuestra cultura e historia, dando contenido a nuestra nación. Somos conservadores, retrógrados y reaccionarios para quienes toda novedad es un progreso, y como tal tendría que ser intrínsecamente buena para el hombre.

Al respecto, con relación a esa tensión entre lo moderno y lo tradicional es pertinente citar a Rémy Brague, cuando afirma que "la tradición no es otra cosa que la democracia extendida a través del tiempo. La tradición significa que se da un boletín de votación a una de las clases más oscuras, nuestros ancestros. Ella es la democracia de los muertos. La tradición rechaza someterse a la oligarquía estrecha y arrogante de aquellos que no hacen más que encontrarse con vida. Todos los demócratas protestan contra el hecho que la gente sea descalificada por un accidente, por su nacimiento. La tradición protesta contra el hecho que la gente sea descalificada por un accidente, su muerte. Los demócratas nos piden de no desatender la opinión de alguien de bien, aún cuando este sea un valet. La tradición nos pide de no desatender la opinión de alguien de bien, aún cuando sea nuestro padre. En todo caso, yo no llego a separar las dos ideas de democracia y tradición, me parece que se trata de una sola y única idea"


Es así como debería concebirse una democracia, donde convivan la modernidad con la preservación de una tradición y culturas heredadas, que nos distingan dentro de ese magma globalizador que asigna a todos los hombres y mujeres el rol neutro, de meros consumidores, en un mercado libre inabarcable. En efecto, la tradición heredada de nuestros ancestros constituye nuestra ancla y cimiento en un mundo en movimiento.

La nación, término casi en desuso y tantas veces "manoseado", cuyo significado se pierde casi en los confines de la historia, no es solo una bandera y un himno, es también, y en principio, un territorio, sus fronteras, una moneda, un pueblo unido, detrás de una historia común, una cultura y un modo de vida que le da una especificidad. Gran parte de esa herencia viene siendo dejada de lado y mirada con desdén como un lastre "demodé". Cabría recordar, a pesar de nuestros criollos modernos, que la nación y sus muertos, como lo diría Jean Jaurés, "es el único bien de aquellos que no tienen nada".

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