Cuando los muertos gobiernan a los vivos
Que no se crea que el título provocador de esta publicación está asociada a una historia macabra que anunciaría la instauración de una república de muertos vivientes, lejos de ello, este título evoca la memorable afirmación de Auguste Comte, en reconocimiento a la tradición y la herencia que nos dice quienes somos.
En estos tiempos en los que todo debe moverse, todo debe fluir y donde lo "moderno" se muestra con luces de neón, como el "deber ser", no es admisible que siquiera evoquemos la memoria del pasado y la tradición que forja nuestra cultura e historia, dando contenido a nuestra nación. Somos conservadores, retrógrados y reaccionarios para quienes toda novedad es un progreso, y como tal tendría que ser intrínsecamente buena para el hombre.

Es así como debería concebirse una democracia, donde convivan la modernidad con la preservación de una tradición y culturas heredadas, que nos distingan dentro de ese magma globalizador que asigna a todos los hombres y mujeres el rol neutro, de meros consumidores, en un mercado libre inabarcable. En efecto, la tradición heredada de nuestros ancestros constituye nuestra ancla y cimiento en un mundo en movimiento.
La nación, término casi en desuso y tantas veces "manoseado", cuyo significado se pierde casi en los confines de la historia, no es solo una bandera y un himno, es también, y en principio, un territorio, sus fronteras, una moneda, un pueblo unido, detrás de una historia común, una cultura y un modo de vida que le da una especificidad. Gran parte de esa herencia viene siendo dejada de lado y mirada con desdén como un lastre "demodé". Cabría recordar, a pesar de nuestros criollos modernos, que la nación y sus muertos, como lo diría Jean Jaurés, "es el único bien de aquellos que no tienen nada".
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